martes, 14 de septiembre de 2010

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Iba pensando en mi madre y pisé caca fresca. Desvié mi camino y me fui a la plaza a frotar la zapa contra el pasto. Encontré a Esteban leyendo unas revistas y me invitó.

-Hola Esteban. ¿Qué leés?

-Revistas. ¿Vos?

-Yo pasé a despegarme la caca de la zapa.

-¿Venías pensando en tu madre?

-Claro.

- El otro día en la fiesta estaba pensando en mamá y se me cayó toda la fanta en la camisa nueva.

-Debe ser ley. Yo la semana pasada también pensaba en mamá y me agarró parálisis facial, de verdad. Che, Esteban, querés venir a casa?

-Dale, nunca fuimos a tu casa.

Esteban agarró sus revistas, sacudió su lona naranja, metió todo en la mochila y empezamos a caminar. Oscurecía y de lejos alguien podría haber pensado que estábamos enamorados. Pensar en eso me hizo sentir una fina cosquilla en el cuerpo y lo tomé de la mano. El no la quitó y seguimos caminando así, para siempre.

De pronto, un chino de supermercado nos interceptó y nos quería vender repasadores, nos los agitaba en la cara y repetía compra compra. Esteban le dio dos pesos y le quitó todos los repasadores y tuvimos que empezar a correr. Corrimos corrimos, sin parar, siempre mirando para atrás que nos seguía el chino enfurecido con los ojos rasgados bien abiertos. Llegamos al Parque Saavedra y nos trepamos a un árbol y el chino pasó gritando por abajo nuestro. Nos reímos y sentí que Esteban me acariciaba el shorcito de fútbol, después me dio un beso en la boca, para siempre, y me dijo que los chinos de supermercado eran peligrosos, que el exilio los ponía nerviosos y se volvían locos. Yo me acordé de los bolivianos de la verdulería, y le pregunté a Esteban qué opinaba. Pero él me volvió a tocar el shorcito y no me contestó. Saltamos del árbol y nos fuimos de la mano, dando pequeños saltos, para siempre.

-No vayamos a tu casa mejor, debe estar tu madre.

-Ya me quiero volver. Si no aparezco me echa sus maldiciones, y yo no quiero que te mueras nunca.

-Bueno, hacé lo que quieras. Yo me voy para el centro. Te mando un besito.

Dio media vuelta y se fue caminando y no volteó ni una vez. Volví por el mismo camino que hicimos con Esteban y a lo lejos, vi al chino y a mi madre acariciándose los shorcitos contra el murito de la rotisería, parecían animales. El alumbrado eléctrico proyectaba sombras raras y de lejos, alguien podría haberse dado cuenta que mi madre amaba a otro.


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3 comentarios:

  1. ee paula.
    es tierno, hasta la comunidad china y boliviana.

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  2. Che paula, andaba esperando cruzarte por la facu para contarte que lei el librito que dabas en la flia y que algunas cosas me parecieron joya. Ahora vi este texto y tambien joya.
    Bien ahi.

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