viernes, 13 de mayo de 2011

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Llegamos tarde a la fiesta. En la casa de toto ya estaba todo estropeado. Los floreros en el techo, el pan en el inodoro, los discos a la parrilla, y toto salándolos. Con ana le dijimos feliz cumpleaños y le dimos una torta casera de frutillas. La habíamos hecho esa misma tarde mientras escuchábamos discos. Ana había traído a casa “un discaso ey, te rompe la cabeza” y había sido verdad. Tardamos mucho en cocinar porque nos perdíamos en la música y nos íbamos del mundo. También bailamos y ana dijo que había compuesto un tema para toto, que tal vez lo cantaba en la fiesta.
Toto estaba como loco, apenas le dimos la torta, metió la mano como una cuchara, arrancó un pedazo cargado de frutillas y se lo comió mirándonos. “Está de diez” decía, “gracias chicas, me encanta celebrar”, y yo le veía las frutillas triturándose en su boca, empujó un poquito con el dedo de lo que todavía le había quedado afuera y se fue corriendo a salar los discos, que se le arrebataban. Armamos fernet e hicimos varios fondos blancos de vino para sincronizarnos con los otros. Cuando nos pusimos bien, Ana sacó la guitarra y le cantó su canción a toto.  Fue hermoso.
Cuando se terminó hubo un silencio comprometedor y alguien dijo: fiesta, y se armó otra vez el baile y las cosas volaban por el aire, y toto fuera de sí destruyendo la casa de sus padres. Cuando ya no quedó nada más para romper salimos de la casa. El contacto con la avenida fue como una piña grave, veníamos de un ritual íntimo y afuera las cosas eran las de siempre, los edificios mucho más altos que nosotros, parecían gigantes, las luces de los autos  prefigurando una noche igual al resto. “No pienses nada”, me dijo ana, “es evidente que la fiesta está acá (y me tocó el corazón). Si acá afuera mirá lo que hizo la noche, horrible, hay que aprender artes marciales nacionales, y escuchar la música interior.”Ana siempre fue hippie pero a mi nunca me importó. Nos conocimos en una clase de lingüística y ella me dijo si me parecía bien que intentáramos sobrellevar esa pija juntas, para matizar el pijazo, dijo. Y a mí me pareció bien, y desde entonces fuimos amigas, aunque ella después me habló muchas veces de cosas astrológicas y de luz interior, a mí nunca me importó.
Caminamos hasta una casa donde había otra fiesta. Hacía frío, pero me sentía protegida en medio de los borrachos, éramos como doce, pero parecíamos un ejército inmenso atravesando la ciudad. Me sentía en familia. Adelante iban los bolcheviques. Atrás de ellos los rockeros. Los intelectuales un pasito para el costado, y más allá unas cuatro o cinco especies sueltas, inclasificables. Antes de llegar anuncié que me iba yendo.
En el trayecto a casa me crucé dos paralíticos y  los perros me miraban como reconociéndome. Creo que algunos eran lobos, pero no quise pensarlo. En cambio pensé en imágenes las cosas que yo quería y con algunas hice fuerza para no diseñarlas en mi cerebro. No conozco otra forma de pensar. Me imaginaba a la pandilla que había abandonado inmersa en la pista, apareciendo y desapareciendo al ritmo de las luces de colores. Sonreían, estaban bien. Les deseé suerte y seguí firme caminando la avenida. La siguiente imagen fue en buenos aires, era un recuerdo, yo iba en el 132 para flores y alguien me puso unos auriculares con manal, fue la primera vez que escuché avenida Rivadavia, y no la entendí. Varios años después, en otra ciudad, alguien me regaló un disco original de manal, y fue increíble. Es elemental, pero profundo: somos esclavos de la circunstancia.
 Quizás debería estar en la fiesta. Mi madre repetía siempre, el hombre es un ser gregario por naturaleza. Debería entregarme a la naturaleza, trepar enredaderas gigantes, coger con grandes flores silvestres, yo qué sé. En ese momento me llega un mensaje de ana: “te regalo mi bici, tirá el ovni a la mierda”. Me pregunto qué estará queriendo decirme...
 En mi casa las cosas no están como las dejé, mi colchón está en el livin y alguien estuvo leyendo mi libro sobre él. La última imagen es borrosa: están los chicos bailando sobre mí, toto escupe frutillas, ana quiere hacerme bailar, y yo quiero levantarme del colchón pero no puedo, quiero bailar con ellos las canciones que no se acaban  pero no puedo mover las piernas. Alcanzo a ver dos gordos en pañales practicando sumo sobre mi cerebro, miro otra vez alrededor pero los chicos ya no están. Estoy dormida y soñando que bailo doce horas seguidas y saco chispa, y me gusta.




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4 comentarios:

  1. somos esclavos de la circunstancia...

    siempre lo mismo con vos genia hermana.

    un abrazo grande, seguí curtiendola, porque la caza solo puede ser nocturna...

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  2. jajaja sí, una visita y poner la casa como toto.

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