jueves, 21 de marzo de 2013


Lunes, miércoles y viernes llevo a Carlitos a la pileta. Su profesora es esbelta, la maya entera azul y roja le queda un poco chica en la pelvis, pienso que es apropósito, para que cuando da instrucciones, los alumnos, desde abajo,  tengan ese paisaje. Se llama Evelyn. Me dijo que Carlitos es un buen nadador, que su especialidad es el crawl. Todos los días me quedo espiándolo, sin que se dé cuenta, atrás de los vidrios empañados del buffet del club. Evelyn se equivoca, la especialidad de Carlos es el submarino. Cuando le dan un recreo para hacer lo que ellos quieren, él toma aire y se sumerge y aparece del otro lado unos minutos después. La semana pasada hizo pileta y media por abajo del agua, tocando el suelo como una manta raya. El mozo del buffet miraba un partido en la televisión, en la mesa de al lado y le dije
-Es me hijo.
No me contestó. Estaban haciendo una jugada crucial y sé lo que es para los hombres la televisión. Mi marido la ve mientras cenamos. Nosotros charlamos, y a veces nos olvidamos de que está alienado y nos dirigimos a él, pero nada. Lo chupa la imagen. Y quince minutos después, cuando la conversación cambió, él responde lo que ya es viejo, en delay. El mozo es hombre. Mi marido es hombre. Carlitos, mi hijo, será un hombre algún día.
Pero mi hijo será un guerrero. Lo sé por la manera en que se sumerge y vuelve a salir, minutos después, en la otra orilla. Cuando termina la clase, sale bañado, con el contorno de los ojos marcado por las antiparras, y viene corriendo y me pide un alfajor. En el auto, me cuenta cómo nadó mientras devora el chocolate,  lo come todo por los bordes, después las tapas  y, al final, el relleno. Y a la noche, alrededor de la mesa, cuando su padre ve la tele, nos hacemos caras que dicen que los dos sabemos lo de la manta raya.

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