jueves, 8 de febrero de 2018

Helecha




Adoro las plantas que crecen en el fondo de la casa y todo lo referente a su cuidado y propagación. Soy amiga de todas ellas y en mi tiempo libre corro a buscarlas. Sin embargo, la profesora de Biología no lo advierte. Llega con el flequillo volado, da las buenas tardes y se sienta a tomar lista sin mirarnos. Los chicos son malvados y aprovechan para hacer señas obscenas con los dedos. Mi mamá dice que no me junte con los negros, que contagian. Puede ser cierto porque el otro día me descubrí haciéndole un gesto obsceno a un chico del barrio que me gritó negra peluda.
Anoche no pude dormir escuchando los murciélagos. Imaginé su vida en las sombras, en los agujeros secretos del techo. Por eso ahora, duermo sobre la carpeta y pierdo algo de baba. La profesora de Biología me acusa. A solas me pregunta qué hice anoche que no puedo estar parada. Le dije que había estado escuchando a los habitantes del techo y tuvo el impulso de darme una cachetada, pero se contuvo. Lo dije con el fin de que me felicitara, dado que era relativo a la materia, pero ella entendió que yo le tomaba el pelo. A los chicos del fondo, les puso acta por las señas, que levantó justo los ojos y vio. Ese día aprendimos el sistema respiratorio de las aves.
Mamá se preocupa de verme siempre entre las plantas,  lo atribuye a alguna afección desconocida, se lo escuché decir a Marta, que suele venir algunas tardes para tomar mate.
Lo que no sabe mamá es que en la escuela tengo varias amigas, que no invito a casa porque temo que descubran que es monstruosa: Rolo mi hermano  es ñoño y obeso desde el año pasado.  Mi papá, dice mi mamá que es transparente.  Mi mamá es bien visible. Trabaja mucho y  en la casa queda Susana, la que limpia, a la que algunas veces le he hecho señas de dedos cuando me hizo enojar.
No quiero ser nadie. Dentro de poco egresaremos y probablemente estudie Historia, aunque no quiera. No me gustan el estudio y la soledad. Sí estar con los animales y las plantas y alimentar el misterio de mi identidad.
En la computadora, que tengo con clave para que la Intrusa no me espíe,  leo todo tipos de cosas a la vez: reproducción de los caracoles,  blogs con cuentos hechos por adolescentes, actualidad. Actualizarse es dificilísimo, algunos profesores en la escuela insisten en que estemos atentos al devenir del mundo y del país, otros lo omiten deliberadamente.  Yo leo un poco de todo. Esto a mamá la enfurece y me dice nenita pretensiosa.  Marta se ríe con la lengua verde afuera y yo, cuando mamá mira para otro lado,  me agarro la entrepierna como si tuviera un bultito, mirando a los ojos a Marta, como hacen los del fondo.
En la escuela tengo favoritos y enemigos. El preceptor, Elías, es uno de los malos.  Nos odia con toda el alma, un día lo escuché hablando con un grupo de profesores en un pasillo acerca de un problema que había llevado a las manos a dos de 5to. Los trató de bichos, renacuajos y perversos. El cuerpo docente festejó muerto de risa,  con la lengua afuera.  Empiezo a pensar que los que sacan la lengua cuando se ríen son villanos.
Pero también tengo mi lista de aliadas, profesoras y amigas, a las que cuido con devoción y si alguien las ofende me enfurezco y escupo, cosa que aprendí de Pedro el bambino, como le dicen, no sé por qué.
La semana pasada, Clarita, mi amiga que no tiene miedo de crecer, me comentó que en 2 años tenía pensado irse a estudiar a Mar del Plata, que a pesar de ser lo que  sabíamos que era, tenía universidad  y muy buena al parecer.  Me preguntó qué iba a hacer yo, y no supe. Esto me dejó pensativa mucho tiempo, sin ánimo. Abandoné a los malvones y yuyos del jardín, con los que habíamos festejado la semana  pasada  el agua que duró varios días y nos llenó de fuerza. Los dejé librados a su suerte y me metí en mi habitación. Grité varias veces en que me entrampó mi mente y me pareció ver a papá que se materializaba y me tendía una mano, pero no. Después de meses salí distinta. Mi mamá me miró pero no notó cambios.  Tenía la determinación de irme con Clarita, aunque en la casa no me apoyaran y no tuviéramos plata para eso.
Dos años después, subíamos al colectivo con las valijas y todo lo demás. Un Cóndor helado e incómodo en el que, apenas subimos, nos abrazamos y lloramos. La historia de cómo disuadí a mi madre de que me deje no vale la pena contarla. El último año fue de  ira y escupitajos. Mi mamá lloraba cuando venía Marta, le cebaba mates de lágrimas que la amiga tomaba por no despreciarla.  Algunas  veces la vi contando billetes y separando fajitos que después me asomé y decían: Susana, Alquiler, Benita (que soy yo). Siempre fue meticulosa y excesiva en la administración y organización del hogar, ahora entiendo que siempre borrara la figura ya invisible de papá, si eso se puede. El Cóndor que nos llevó a Mar del Plata rompió el aire quieto de la ruta y atravesó el espacio. Pero rompió mucho más.
 Me despedí con el alma de mis amigos de todas las especies. Con mamá nos dimos un abrazo sin decirnos nada. Con Roli uno más afectuoso pero igual de callado.
Clarita resultó la mejor compañera. Éramos pocas chicas en una carrera mayormente de hombres, así que tuvimos que hacernos lugar. Alguna vez que otra escupimos como reacción y nos dijeron negras vuelvan a su pueblo, nos reímos atragantadas con nuestra propia lengua, más afuera que nunca. En el departamento armamos una especie de selva: a veces había poco oxígeno y nos mareábamos. Geranios, malvones, palos de agua, palmeras, suculentas, ficus, potus y lavanda, estrellas federales, helechos y calanchoes. En el barrios nos miraban y alguna que otra vez nos dijeron lesbianas por lo bajo y demás.
A veces me siento entre las orejas de elefante que explotan verdes y brillantes con la luz que les entra despacito por la ventana del living y pienso en todo lo que se rompió. Con mamá hablamos seguido y también nos visitamos, me cuenta que Roli adelgazó y empezó a trabajar en una farmacia, que  la casa le queda grande ahora y que a veces le parece que cobramos forma otra vez y habitamos los lugares comunes, rabiamos y  pegamos portazos, pero después parece que son ruidos de la casa vecina, que ella traspola. Le pregunto por el jardín y me dice que todos  me extrañan, que ahora hablan con ella, mamá susurra ahora, me dice: no digas nada. Le sugiero que limpie con algodón mojado las hojas de algunas especies. Cuando se va, quedo confusa. Mis estudios avanzan pero lo más rudimentario se me escapa.  Clarita no tiene estas afecciones. Yo no puedo dormir pensando en el verde amarillento del helecho y a veces creo que soy yo misma una helecha, peluda y desprolija, quieta, difícil de cuidar. La mañana siguiente, mientras me baño, descubro en los antebrazos, diminutas esporas marrones. Abro la boca y saco largo la lengua para recibir el agua que sale en un solo chorro; grueso, tibio y transparente.



No hay comentarios:

Publicar un comentario