viernes, 26 de octubre de 2012


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La noche tiene olor a asado. Salgo al patio, inflo el pecho, me relamo. Miro para arriba y ahí está la luna, después de los cables. No creo en la luna.
Creo  en el edificio de enfrente: la noche oscura tapa todo y las ventanas luminosas aparecen flotando en fila, prolijitas. Ahí está el tío, acompañado de sombras.  Él sí que sabe de asados. En su casa hay posters de cortes vacunos y fotografías de caballos y toros, contemplarlos  es una maravilla.  En las otras ventanas se recortan familias, ancianos, y mascotas pequeñas.
No creo en las constelaciones. Me  identifico con los humanos,  me conmueve el detalle de todo lo cercano.  Dentro de algunos años, tendré hijos, gordos e irreverentes. Y cuando crezcan les voy a enseñar una cosa, una cosa muy grave que mi madre se olvidó. Voy a casarme con un plomero, un cazador o un electricista, para que mis hijos aprendan un arte manual. Una técnica cualquiera, da igual, pero que no les pase como a mí, que me faltó una educación y me costó bastante aprender a hacer un pancho. Y después de la cena y antes de dormirnos, voy a poner siempre música con cancioneros para que cantemos el plomero, yo y mis hijos.  Mi casa será siempre una fiesta. Un jardín con camas y mesas que apenas se vean entre las hojas y las flores. También tendremos animales, y si mis hijos quieren entrar pájaros, no voy a decirles no.







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